Es el momento de que Bruselas escuche más a la industria y menos a su propia burbuja ideológica.
La CE sigue empeñada en una estrategia que, lejos de impulsar el desarrollo económico de Europa, lo lastra con una rigidez ideológica preocupante. El último ejemplo es el ‘Plan de acción industrial para el sector europeo del automóvil’, presentado recientemente, que ha levantado ampollas en el transporte. Y con razón: Bruselas ha decidido jugarlo todo a una carta, la electrificación, ignorando la realidad del mercado y haciendo oídos sordos a sus propias recomendaciones sobre neutralidad tecnológica. El documento olvida deliberadamente el potencial de los combustibles renovables para avanzar hacia la descarbonización, como advierten diferentes organizaciones sectoriales. Y lo hace en contra de las propias orientaciones de la Comisión, recogidas en la ‘Brújula de la Competitividad’, donde se reconoce la importancia de la neutralidad tecnológica para alcanzar los objetivos climáticos de la UE. Incluso Draghi, en su informe sobre la competitividad europea, instó a un enfoque más pragmático, una llamada de atención que Bruselas ha decidido ignorar.
El problema no es la electrificación en sí, sino la imposición dogmática de un único camino. ¿Dónde quedan el biometano, los combustibles sintéticos o el hidrógeno? ¿Qué sentido tiene penalizar soluciones viables mientras se impone una transición acelerada sin garantías de suministro, infraestructura ni independencia industrial? Bruselas parece olvidar que no toda la electricidad es verde, que la infraestructura de recarga es insuficiente y que la dependencia de materias primas críticas compromete la soberanía industrial de Europa.
La descarbonización es necesaria, pero también lo es el realismo. Una política sensata debería favorecer un ecosistema donde coexistan diversas tecnologías, permitiendo a los fabricantes elegir el camino más adecuado según la aplicación, el mercado y la viabilidad. No hay una solución única, y pretender lo contrario es condenar a Europa a la irrelevancia industrial. Si la Comisión no rectifica, se avecina una década de desventaja competitiva frente a otros mercados más pragmáticos. Es el momento de que Bruselas escuche más a la industria y menos a su propia burbuja ideológica. Porque en la transición energética, como en la vida, la diversidad es la clave del éxito.